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La Unión Soviética invade Afganistán

Hace 40 años comenzó una aventura que ha dejado una marca imborrable en varias generaciones de ciudadanos de las antiguas repúblicas soviéticas: la intervención en Af­ganistán. Con paracaidistas y fuerzas especiales del KGB y del GRU, el 24 de diciembre de 1979 Moscú paró los pies al presidente afgano Hafizullah Amin, teóri­camente un aliado, pero del que ya no se fiaba después de que ­eliminara físicamente a sus adversarios internos y de las sos­pechas de que podría ponerse del lado de Estados Unidos. La ­misión se cumplió, pero la Rusia de hoy evita poner los casi diez años de guerra en el pedestal de las grandes hazañas. No es para menos, porque fue desgastando a la URSS hasta su retirada de­finitiva.

La operación para asaltar la residencia de Hafizullah Amin, el palacio de Tajbeg, había comenzado dos meses antes. En septiembre, el entonces primer ministro dio un golpe de Estado contra su aliado y presidente Nur Muhammad Taraki, quien mantenía una buena relación con el líder soviético Leonid Brézhnev. Desde entonces, Amin impuso un régimen de represión, incluida la orden de matar a Taraki que cumplieron sus guardaespaldas.

Como respuesta, el Comité de Seguridad y el Ministerio de Defensa de la URSS elaboraron en octubre las operaciones secretas Baikal-79 y Tormenta-333. Para el senador ruso Ígor Morózov, lo que ocurrió ese mes de diciembre fue “un acontecimiento simbólico de toda la campaña militar que duró más de nueve años”.

Afganistán fue el último campo de batalla ajeno que usaron las dos superpotencias de la guerra fría

Moscú aprovechó la petición de ayuda que había hecho Taraki para luchar contra la oposición islamista y a la que Amin aún no había renunciado. Así que, poco a poco, fue colocando sus peones en la capital afgana. “Yo volé a Kabul en octubre de 1979. Mi primera tarea era fortalecer la seguridad de la embajada, además de estudiar la ciudad”, ha explicado a la agencia Tass uno de los veteranos de la operación, Alexánder Karelin, que formaba parte del grupo Zenit del KGB.

En diciembre de 1979 llegaron al aeropuerto de Bagram unos 500 efectivos del destacamento 154 del GRU, conocido como “batallón musulmán” porque estaba compuesto principalmente por uzbekos, turkmenos y tayikos, que muy bien podían pasar por afganos. Así que se vistieron con uniformes del ejército local para no ser detectados. Además, tenían su base al lado del palacio y, en teoría, estaban allí para protegerlo.

El grueso de la operación quedó lista el 25 de diciembre, cuando aterrizaron 4.000 efectivos de la unidad aerotransportada 105, donde iban empotrados los grupos especiales del KGB, encargados de asaltar el día 27 el palacio de Amin.

Capítulo resbaladizo en la política rusa, la sociedad sigue reconociendo el papel de los veteranos

Éste, situado sobre una colina a 16 kilómetros de Kabul, estaba muy bien defendido y Amin contaba con 200 oficiales ante el temor de sufrir atentados. Así que había que conseguir aislarlo. De eso se encargaba la operación Baikal-79. “Tras preguntarnos cómo asegurarnos de que no hubiera comunicación ni dentro de la ciudad ni con el exterior la respuesta fue que había que volar el centro de comunicaciones del Gobierno”, ha explicado Grigori Ósipov, también del grupo Zenit. La explosión, en la tarde de ese día 27, también sirvió de señal para que comenzase la Operación-333, encargada de tomar el palacio.

Los grupos de asalto tuvieron que eliminar a los centinelas y luego irrumpir bajo fuego enemigo en el edificio con vehículos blindados para ir eliminando oponentes. Incluido Hafizullah Amin, que cayó abatido en una operación cuya ejecución final apenas duró 40 minutos.

Desde la revolución comunista de Saur (o revolución de Abril), que triunfó en 1978 y derrotó a Mohammed Daoud Khan, la Unión Soviética tenía mano en Afganistán. Moscú podía aprovechar la situación geográfica del país para buscar desde él una salida al Índico. Pero fue también la geografía, desde el punto de vista orográfico, la que jugó una mala pasada a los comunistas. Como otros ejércitos con anterioridad, el abrupto relieve afgano jugaba a favor de las guerrillas de la oposición islamista, acostumbrada a una sociedad de clanes y que no aceptaba ni la imposición de un poder central ni la ideología del ateísmo.

Por eso la sustitución de Amin por Babrak Karmal ese mismo 27 de diciembre, que no La Unión Soviética invade Afganistán logró el control del país. El ejército soviético, que al principio iba sólo a ayudar a su aliado comunista, tuvo que implicarse de lleno en una guerra que a medida que pasaba el tiempo parecía no tener fin.

Además, los muyahidines fueron contando con el apoyo de Estados Unidos. Afganistán se convirtió de esa forma en el último campo de batalla ajeno que usaron las dos grandes superpotencias de la guerra fría.

Además de los problemas internos, la guerra soviética en Afganistán supuso un enorme desgaste para la URSS. La retirada, en 1989, recordaba al Vietnam de los americanos. Y la justificación que dio el Kremlin en plena política aperturista de Mijaíl Gorbachov, al decir que esa guerra fue un “error político”, olía, por si había dudas, a derrota.

La Vanguardia

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